Los saudÃes importan esclavos a… EEUU
Homaidan Alà Al-TurkÃ, de 36 años de edad, y su mujer, Sarah Khonaizan, de 35, siempre aparentaron ser una pareja inmigrante modelo. Llegaron a Estados Unidos en el año  2000 y vivÃan con sus cuatro hijos en un suburbio de clase alta de Denver. Al-Turkà es licenciado en lingüÃstica por la Universidad de Colorado, especializado en entonación y métrica árabes. Dona dinero a la Sociedad LingüÃstica de América y es gerente ejecutivo de Ediciones y Traducciones Al-Bashir, una librerÃa que se especializa en tÃtulos acerca del Islam. El pasado mes de junio, sin embargo, el FBI acusó a la pareja de esclavizar a una joven mujer indonesa.
Durante cuatro años, como subraya el atestado policial, el piadoso Al Turki y su modosita esposa crearon en torno a su sirvienta “un clima de miedo e intimidación a través de la violación y de otros medios“. La indonesa, convertida en esclava,  cocinaba, limpiaba, cuidaba de los niños, y realizaba otras tareas sin recibir pago alguno a cambio. Según testificó, temÃa que si no obedecÃa, “sufrirÃa daños serios“.
Los dos saudÃes afrontan cargos de trabajos forzados, abuso sexual [con] agravante, servidumbre documental [retener o destruir documentos como parte de tráfico con seres humanos] y albergar a un extranjero. De ser encontrados culpables, podrÃan pasar el resto de sus vidas en prisión. Las autoridades también han requisado la cuenta bancaria de la pareja Al-Bashir para pagar a su ex esclava 92.700 dólares en atrasos.
Es sorprendente, especialmente para un licenciado y propietario de una librerÃa religiosa – pero no es particularmente extraño. Daniel Pipes enumera en su página web otros ejemplos de esclavitud, todos relativos a la realeza saudà o a diplomáticos residentes en América.
- En 1982, un juez de Miami decretó una orden [de registro] para inspeccionar el ático del prÃncipe Turkà Bin Abdul Aziz, en la planta 24, con el fin de determinar si retenÃa contra su voluntad a una mujer egipcia, Nadia Lutefi Mustafá. Turkà y sus guardaespaldas impidieron que la búsqueda tuviera lugar, logrando después inmunidad diplomática retroactiva para prevenir cualquier impertinencia legal.
- En 1988, el agregado de defensa [de la embajada] saudà en Washington, el coronel Abdulrahmán S. Al-Banyán, dio trabajo a una empleada doméstica tailandesa, Mariam Roungprach, hasta que ésta escapó de su casa reptando por una ventana. Dijo más tarde que habÃa sido encarcelada allÃ, no habÃa recibido bastante comida, y no se le pagaba. Llama la atención, su contrato de trabajo especificaba que no podÃa abandonar la casa o hacer llamadas telefónicas sin el permiso de su patrón.
- En 1991, el prÃncipe Saad Bin Abdul-Aziz Al Saud y su esposa, la princesa Noora, residieron en dos plantas del [hotel] Ritz-Carlton de Houston. Dos de sus criadas, Josephine Alicog, [natural] de Las Filipinas, y Sriyani Marian Fernando, de Sri Lanka, presentaron una demanda contra el prÃncipe, alegando que fueron retenidas contra su voluntad durante cinco meses, “por medio de amenazas ilegales, intimidación y fuerza fÃsica“. Dicen que sólo se les pagó parcialmente, se les negó tratamiento médico, y sufrieron abusos fÃsicos y psicológicos.
- En marzo del 2005, una [de las] esposas del prÃncipe saudà Mohamed Bin Turkà Alsaud, Hana Al Jader, de 39 años de edad, fue arrestada en su casa cerca de Boston bajo cargos de trabajos forzados, servidumbre doméstica, falsificación de archivos, fraude en el visado y albergar extranjeros. La señora Al Jader permanece acusada de forzar a dos mujeres indonesas a trabajar para ella haciéndoles creer “que si no realizaban tal trabajo, sufrirÃan daños serios“. De ser condenada, la señora Al Jader afronta 140 años en prisión y 2,5 millones de dólares en multas.
Hay muchos otros casos similares, por ejemplo, las prófugas de Orlando de las princesa saudÃes Maha al-Sudairi y Buniah al-Saud. El redactor Joel Mowbray habla de doce empleadas domésticas “atrapadas y [a las que se] maltrataba” en las casas de los dignatarios o diplomáticos saudÃes.
¿Por qué es este problema tan marcado con los saudÃes adinerados?. Vienen a la mente cuatro motivos. Aunque la esclavitud en el reino se abolió en 1962, la práctica aún florece allÃ. Altas autoridades religiosas saudÃes aprueban la esclavitud; por ejemplo el jeque Saleh Al-Fawzán declaró recientemente que “la esclavitud es una parte del islam“, y que cualquiera que quiera abolirla es “un infiel“.
El Departamento de Estado norteamericano sabe de la servidumbre forzosa en las propiedades de los saudÃes y existen leyes para combatir esta plaga, pero, como argumenta Mowbray, “rehúsa tomar medidas para combatirla“. Finalmente, los saudÃes saben que pueden salirse con casi cualquier mal comportamiento. Su embajada proporciona fondos, cartas de apoyo, abogados, inmunidad diplomática retroactiva, ex embajadores norteamericanos como eliminadores de problemas y hasta transporte aéreo para abandonar el paÃs; también mantiene a raya a los testigos molestos.
Dado la laxa actitud del gobierno norteamericano hacia los saudÃes, la esclavitud en Denver, Miami, Washington, Houston, Boston y Orlando apenas es una sorpresa. El comportamiento saudà sólo mejorará cuando Washington y la Administración Bush se atrevan a coger el toro por los cuernos. En esto y -sobre todo- en el financiamiento encubierto de redes terroristas, que los prÃncipes del petróleo hacen con la cobertura de estar apoyando a organizaciones caritativas islámicas o a la expansión por el mundo de la “palabra del profesta Mahoma“.
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